“Tristeza nao tem fim… felicidade sim”. Escribe Lucas Perassi

Qué mancha me deja en el alma la zurda de Dios II estrechando la mano, artificialmente bronceada, del capital desbocado, del autoritarismo y la belicosidad. Una fotografía que es el epitafio de una era romántica que, quizás, nunca existió más que en nuestra febril imaginación colectiva. Es el acta de defunción de nuestra inocencia.
Es la pureza futbolística arrastrada hasta el barro (geo) político, en medio de una guerra que amenaza con convertirse en la 3ª mundial. ¿No habíamos quedado en que la pelota no se mancha? Parece que sí se mancha… se mancha con bronceador, spray para el pelo, se mancha con retórica de odio, se mancha con pólvora… se mancha con sangre.
Miro esa imagen una y otra vez, buscando ese gesto mínimo del rostro que me indique protocolo pero disconformidad (como hacía Francisco, ¿te acordás?). Pero no… ese gesto no existe, no está. Y me parece que lo que sí hay es una ajenidad total a lo que pasa en el mundo.
Es un error en la Matrix. Construimos un altar que lo protegía a él de la contaminación mundana. Él era el chico que solo quería jugar a la pelota. El que no hablaba. El que balbuceaba un “andá pa’ allá, bobo” como máxima transgresión política. Y de pronto, ahí está. Lo veo y no lo creo.
Ojalá no hubiera visto esta foto… ojalá no hubiera existido esa foto. Porque hay imágenes que no se borran, que se incrustan en la memoria como una espina de pescado en la garganta, que irritan la imaginación de alguien que cree (todavía quiere creer) que el mundo tiene un orden moral, aunque sea precario.
Este texto no es un juicio, aunque lo parezca. No quiero ni estoy en posición de condenar a nadie. Sólo es una autopsia de mi tristeza, que calculo comparto con algunos más. Ni siquiera es una reflexión, sino un divague melancólico.
La felicidad es un tiro libre, un gol en el minuto noventa, un penal de Montiel, un mundial… La tristeza, la desilusión, son la compañía constante en un mundo en guerra. Son como una sombra que se alarga cuando el sol se pone. Y en el centro de esta tristeza está Donald Trump, monumento a la vulgaridad del poder. Donald Trump como arquetipo: el hombre que enarboló la agresión como marca personal, y perfeccionó la mentira y la división como estrategias de marketing. Verlo junto a Messi no es ver a dos famosos juntos; es ver la colisión de dos universos morales que uno suponía (o quería) separados. Es la derrota silenciosa de uno de ellos, el momento exacto en que el arte se arrodilla ante el poder… tal vez porque el poder sea más fuerte, tal vez porque el arte olvidó por qué luchaba, tal vez porque al arte nunca luchó por otra cosa, a pesar de lo que quisimos creer… tal vez porque el futbol nunca luchó por nada más que sí mismo.
No quiero hablar de traición, porque Messi, efectivamente, no nos debe nada, o más bien nosotros le debemos a él habernos dados varios momentos de alegría. Pero sí hay una perfidia estética, en el peor momento posible: ¿qué hace el poeta junto al mercader?, ¿qué hace el callado junto al gritón?, ¿qué hace el humilde con el soberbio, vanidoso, arrogante, altivo, altanero? Es la pregunta que me taladra mientras veo la foto.
¡Salí de ahí, maravilla!!! Salí de ahí, no te hace bien (no nos hace bien). Es un partido en el que siempre vas a perder. Porque es el otro el del carácter bélico, es el otro el autoritario, el agresivo, el dominador. Es el otro el que no negocia, conquista. No dialoga, impone. No convive, somete. Salí de ahí, que en este cambalache versión siglo XXI, ver esta foto es como ver a un violonchelo al lado de un tanque de guerra.
Ya sé que Messi no es así. Ya sé que Lionel no es Diego. Que su silencio muchas veces fue sabio. Que su silencio y su humildad son incluso una luz, una mínima forma de resistencia ante la ruidosa cultura posmoderna, la de influencers y gestos exagerados. También pensamos que su silencio era un “no me quiero ensuciar las manos”, una forma de proteger la pureza del juego manteniéndose al margen de la suciedad política. Pero en esta foto el silencio se convierte en complicidad. Para servir a los intereses del tirano, basta con no decir nada mientras el tirano ríe y habla; basta con que Messi sonría para la foto.
Ya sé que la foto es publicitariamente necesaria. Que es el póster de la película por venir. Que sin Messi, el mundial en USA cojea de apoyo. Qué se yo, uno hubiera pensado que Cristiano Ronaldo, con su vanidad de espejo, encajaba mejor en Trumplandia. Dos marcas personales compitiendo en el mismo supermercado global. Pero Messi era el barrio, el potrero. Verlo ahí, con la encarnación del privilegio plutocrático, rompe el último juguete que nos quedaba en el cajón de la inocencia.
No me hagan caso, capaz no es tan grave.
No me hagan caso, son descargas de un inadaptado que siempre espera algo más del mundo.
Son quejas de viejo, y tal vez incluso el adiós agradecido (y triste), a una generación que nos dio todo.
Sólo quería expresar mi tristeza… sólo eso.
Una tristeza grande, carajo…. Una tristeza infinita.
*- Por Lucas Perassi
Escritor, Docente e Investigador universitario
Fuente: www.lavozdejujuy.com


